Sábado, 2:47 am. Desde hace varios minutos el estudio se ha disfrazado de silencio al haber sonado la última canción de un enguayabado playlist. Las grises paredes se muestran inmóviles, aún cuando hace unas horas bailaban sensuales con las luces del esporádico tráfico nocturno. Un vallenato sordo que a duras penas se arrastra por la calle es el único acompañamiento para los clics de mi ratón, cuyo ritmo se ha hecho insoportablemente regular.
No sabría decir con precisión cuándo fue la última vez que pestañeé. ¿Acaso estoy leyendo noticias de última hora? No. ¿Estudiando los movimientos de la bolsa de valores? Negativo. ¿Desarrollando la cura para alguna epidemia mundial? Tampoco.
Estoy revisando fotos en Facebook.
Ni me pregunten la motivación, pues soy uno más de los 900 millones de usuarios que a diario despulgamos minuciosamente los álbumes de perfectos extraños en la red social más grande del mundo, donde cada segundo se aceptan más de 500.000 solicitudes de amistad, se suben más de 3.000 fotografías (de las cuales seguro 2.500 son de rumbas que nos perdimos), y casi 1.600 personas son etiquetadas en ellas. Lamentablemente, el porcentaje de usuarios que ha sido agregado a una imagen que no tiene nada que ver con su persona (sí, me refiero a todos esos eventos cuyo nombre termina en “-Fest”), aún no ha sido confirmado oficialmente.
Facebook está a las puertas de los mil millones de usuarios, cifra que alcanzarán en la segunda mitad de 2012 si los mayas les dejan. En teoría, una de cada siete personas en el planeta cuenta con un perfil allí, sin contar a los que “hechos los locos“ tienen más de una encarnación electrónica.
Siempre he pensado que esta comunidad es parte de una conspiración mayor que aspira a tenernos cual zombis pegados a la pantalla dándole clic a foto tras foto, esperando que al menos la mitad de la humanidad caiga en este sopor hipnótico para que Mark Zuckerberg, su creador, simplemente venga y tome posesión del orbe. En Venezuela este plan maestro ha funcionado a la perfección, pues ya somos casi diez millones de feisbukeros certificados; somos el país número 20 en cantidad de suscritos, con una penetración del 30% de la población.
No se trata sólo de frivolidad, porque así como el cachicamo considera al morrocoy conchúo, los usuarios criollos tenemos extraoficialmente un promedio de amistades muy superior al índice mundial, el cual se ubica en 120 contactos. Es una manera de decir que somos faramalleros y que añadimos o aceptamos a tútiri mundachi a pesar de no tener idea de sus nombres o seudónimos. ¡Pero eso no importa! lo que interesa es que son cuñados de… perdón, primos segundos de nuestra concuñada. Creo.
Para esta profusión de contactos con personas de las cuales difícilmente recordamos cualquier tipo de conexión 1.0, Facebook contó desde el principio con una herramienta que ha sido tan inútil como misteriosa (Es algo así como las cabezas de la Isla de Pascua): El “Toque”, esa función cuya aplicación práctica escapa a nuestro entendimiento y que nos acarrearía algunos problemas legales en la vida real. Menos mal que no fue inventado en Venezuela, porque de ser así en vez de “tocar”, sería “jurungar”. ¿Te imaginas que nada más iniciar sesión te dijeran “Fulanita y 3 más te han jurungado”?.
Aún así, nada evitó que el “toque” se convirtiera en el último recurso para aquellos cuyas destrezas en las relaciones interpersonales está un poco por debajo de los moluscos. Su edad de oro comenzó a decaer hace unos años cuando Facebook hizo cada vez más estricta la supervisión de las solicitudes no deseadas (y por ende, haciendo más difícil que un desconocido te solicitara). Hoy en día, este estandarte de los acosadores virtuales, último bastión de los tímidos y esperanza de los inadaptados, ha sido escondido detrás de un discreto menú desplegable, posiblemente esperando su jubilación definitiva.
Pero el panorama tampoco es muy favorecedor para aquellos que respetamos las reglas del juego y añadimos únicamente a amigos y conocidos, pues la criatura de Zuckerberg raya en la magia negra con su pasmosa habilidad de presentarte a personas que ni tú mismo recordabas que existieron en tu vida. Arrancarte ese velo del olvido, hurgar en el sótano de tu memoria y redescubrir a ciertos individuos a veces te recuerda que la ignorancia es una bendición; la confirmación llega de la manera más tragicómica posible cuando el maléfico algoritmo feisbukero nos sugiere a esa chama de quinto grado cuyos brackets eran capaces de hacer temblar a James Bond, y quien no paraba de perseguirnos al cantar el himno, en el recreo, en el examen de biología y a la salida. Parecía que tenía un GPS para averiguar dónde nos encontrábamos en cualquier momento, y no tenía reparos en pegarse a nuestra sombra cual etérea garrapata. ¿Qué habrá sido de esa precoz acosadora que nos hacía sentir un fresquito cuando faltaba al colegio? La respuesta está sólo a un click de distancia:
Nuestra psicótica fan preadolescente, de quien huíamos como la peste, hoy es modelo de Victoria´s Secret; el avatar de la niña pondría verde de envidia a Giselle Bundchen. No es de esas imágenes de perfil que siguen la ecuación (Blackberry + espejo del baño + escote + sacando la lengua), no… ésta parece sacada de un calendario Polar. Me imagino que estará acostumbrada a que le hagan la pregunta más incómoda que alguien puede hacer en la 2.0: “De verdad… ¿Eres tú la de la foto?”.
Complementa el cóctel de acoso cibernético la situación sentimental de nuestros “amigos” (término bastante devaluado, por cierto). Hasta ahora no se han molestado por subclasificar el más interesante de todos, “En una relación complicada”, pudiendo referirse a un arrejunte en tiempo real, un ciberconcubinato, una sinvergüenzura analógica, un bochinchito electrónico o la clásica demencia romántica alcoholizada. Es el tipo de imprecisiones que le han facilitado a más de un vagabundo (o vagabunda) terminar su enlace amoroso simplemente actualizando su estado - dejando en un profundo estupor a su ex - quien creerá que lo que está viendo en pantalla es producto de alguna broma, un virus o Internet Explorer 6.
Facebook, con su rotundo éxito, ha demostrado la teoría que califica al hombre como un animal social. Si bien es cierto que hay personas más sociables que otras (y algunas más animales que otras), es indiscutible que el magnetismo que ejerce la masa sobre el individuo es mucho mayor que el de una bandeja de tequeños en pleno matrimonio criollo. Nos gusta hacer todo en grupo, y si por casualidad de la vida no pudimos asistir a una convocatoria, lo más probable es que nos asalte un morbo light por indagar quiénes estuvieron allí, quién estaba abrazado de quién, cuántos kilos han subido desde el último álbum de fotos, la que se las operó y un tedioso etcétera.
De seguro cuando terminen de leer este artículo, van a meterse en Facebook a averiguar qué fue de su propi@ acosador@ de quinto grado. Si l@ consiguen… ya saben lo que tienen que hacer.
Denle un toque.
- Este artículo es parte de una serie llamada “Desde que me conecté”: un monólogo que narra mis encontronazos con internet desde 1998. Originalmente publicado en la revista @TodoUnExceso.
Es increíble cómo la lluvia tiene la capacidad de alterar el modus operandi habitual de un fin de semana. Las tradicionales actividades al aire libre son intercambiadas por un intermitente maratón de juegos de mesa, emergentes sesiones de improvisada creatividad culinaria o ingentes dosis de videojuegos. Precisamente en estas últimas lides me encontraba compartiendo con mis hijos, flanqueado por irregulares porciones de pizza y helado que amenizaban el apocalipsis alienígena que protagonizábamos en pantalla, cuando entre comentarios sobre estadísticas, gráficos y comparativas con otros juegos mi primogénito me hizo una pregunta algo fuera de lugar:
- “¿Papá, qué es ese ícono que veo en todos lados? lo veo cada vez que estoy guardando algo en la computadora, ¿Qué se supone que significa?“
Su dedo apuntaba a la única representación gráfica que titilaba en la TV. La inconfundible representación de un “floppy“ de 3 1/2 pulgadas anunciaba que el último nivel estaba siendo salvado; lamentablemente mi respuesta fue bastante más escueta y directa de lo necesario.
- “¡Ah! Es un ´Diskette´“
Hubiese dado igual que mencionase el río más largo de Kasajstán o el verdadero nombre de Lady Gaga; la expresión facial del implicado confirmó que mi “explicación“ lo había dejado en un total y absoluto limbo. Ni corto ni perezoso, me dirigí a esa gaveta que todos tenemos en algún rincón de nuestro hogar, y que usamos a manera de papelera de reciclaje: Hurgando entre llaves no identificadas, cargadores de teléfonos desaparecidos en acción, papeles de dudosa importancia y la infaltable tarjeta SIM que había dado por perdida, dí con un floppy en perfecto estado. Negro, con una etiqueta virgen, me servía de apoyo didáctico en mi exposición sobre lo que utilizábamos “en mi época“ para guardar la información que manejábamos digitalmente.
Obviamente, lo más relevante del relato era que tal disco no era capaz de almacenar ni media canción de Chino y Nacho.
Sirva esta anécdota para recordar que hace más de veinte años, cuando no me cansaba de escuchar Technotronic y Microsoft acababa de crear Word, era sospechosamente normal que uno pasara las de Caín tratando de sacarle provecho a estos diskettes. ¿La razón? Su decidida propensión a fallar en el peor momento posible; bastaba que la etiqueta dijese, por ejemplo, “TESIS DE GRADO / ULTIMA COPIA, ¡NO BORRAR!“, para que justo cuando decidías hacer un respaldo, la Ley de Murphy tomara el control de los acontecimientos (y de tu tesis), de la manera más terrorífica que pudiese concebir Stephen King.
Nada más introducirlo en la computadora, el disco que siempre había emitido un sonido “sano“ al acceder a los datos guardados, ahora sonaba como un cuervo ahogado en melaza. La reacción química de las glándulas suprarrenales tardaba apenas unas décimas de segundo en manifestarse: nuestra piel se tornaba fría y la frente se perlaba de sudor en cuestión de segundos, al tiempo que recordábamos las horas, días y semanas invertidas en aquél producto de nuestro intelecto. Fijos los ojos sobre la pantalla, contemplábamos la pregunta más inútil de todos los tiempos en lo que respecta a tecnología:
“¿Abortar, Reintentar, Ignorar…?“
¿Qué clase de pregunta es esa? ¡No tiene sentido!. Si vas a abortar la operación, lo más probable es que la intentes de nuevo. ¿Ignorar? ¿Qué se supone que harás, cruzarte de brazos y mirar a otro lado para ver si el problema se arregla solo? Con “Reintentar“ lo único que lograbas era que el cuervo ahogado lanzara dos o tres graznidos más y se repitiese el proceso. En resumidas cuentas, era diez veces más fácil transcribir todo el documento de nuevo (¿Supongo que tenías una copia impresa, verdad…? ¿¡Verdad!?), antes de lograr recuperar los bytes perdidos en el olvido.
Siempre he pensado que la tecnología evoluciona para hacernos la vida más sencilla, pero en el caso de estos discos no fue así. El próximo paso en la selección natural digital fue la aparición de los llamados discos “ZIP” –Usualmente de 100 Megabytes, o aproximadamente 70 veces más capacidad que el de la tesis fantasma- que en la medida que resolvían el problema de la fidelidad y seguridad, pecaban en el apartado de la ubicuidad. Literalmente el 95% de las computadoras en el año 1998 no eran compatibles con estos trastos, por lo que tenías que cargar con tu propia unidad externa en la maleta del carro, como quien carga el vacío de cerveza “en caso de emergencia”. Pero tal armatoste (con todo y el cable de corriente que pesaba más que un remordimiento), tenía una falla adicional: Debías instalarlo cada vez que lo ibas a usar en una computadora distinta, y todos sabemos que usarlas palabras “Instalar” y “Windows 98” en la misma frase puede causar síndrome de estrés postraumático. Para aquellos que sobrevivimos a esta prueba de fuego, no teníamos nada que temer al Y2K, no importa lo que nos deparara el leviatán binario.
El paso siguiente fue la popularización de las unidades para quemar CDs. El salto a 700Mb no se hizo esperar, y ya podíamos almacenar 15 horas de música en formato Mp3 (Tiempos de gloria para los Gargantúas melómanos como yo). Casi instantáneamente surgieron los Pen Drives (Cuyo nombre científico es “Unidad de Almacenamiento Extraíble”, o al menos eso ha querido hacernos creer Bill Gates), que a pesar de ser tan volubles a los virus por esa manía de estar metiéndolos promiscua e indiscriminadamente en cuanto puerto USB se atraviesa contribuyendo a la pandemia, se han convertido en una solución práctica y elegante más no exenta de “accidentes” de pérdida de datos, como por ejemplo… la tesis del postgrado (Sí, dos veces con la misma piedra, ¿Qué más humano que eso?).
Al menos en medios físicos, hoy disponemos de tarjetas SD que no son más grandes que una estampilla y pueden almacenar hasta 128Gb (Que equivaldrían a 90.000 de los diskettes que mencioné al principio, y que puestos uno encima del otro superarían en altura a las Torres del Silencio). Pero la verdadera revolución actual es la posibilidad de usar internet para intercambiar archivos realmente pesados, usando soluciones como Dropbox, con el requisito indispensable de estar en línea de manera perpetua (Algo perfectamente normal para cualquier criollo), eliminando así la posibilidad de corromper los datos originales. Lo más probable es que el próximo año el uso de este tipo de servicios que almacenan nuestros datos en la nube se masifique, así que podremos tener acceso en cualquier momento a nuestra galería de 13.467 fotos para infortunio de los asistentes a cualquiera de nuestras reuniones familiares.
Hemos recorrido un trayecto considerable descubriendo la importancia no sólo de digitalizar ideas, sino de mantenerlas en el tiempo. Aunque el mañana se presenta cada vez más promisorio para nosotros, nunca duden de la efectividad inmutable de los “imprevistos tecnológicos”, que no tienen la menor intención de abandonarnos en el futuro cercano.
Cualquier parecido con personas reales, demándenme en 140 caracteres: @neurogerencia.
Tengo el agrado de invitarles, como ya es costumbre todos los años, a la Feria Educativa Internacional 2012 de la universidad de Carabobo, donde presentamos al público carabobeño los últimos programas de becas, ayudas y subvenciones para estudios de Pregrado y Postgrado en el exterior, organizada por la Dirección de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo (DRIUC)
La misma se realizará el próximo Miércoles 11 de Abril de 2012, en el Auditorio del Centro Cultural Eladio Alemán Sucre, en Naguanagua, Edo. Carabobo, a partir de las 9:00 am.
Participarán organismos nacionales e internacionales, tales como el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), el Ministerio de Planificación y Finanzas, el Espace CampusFrance, la Asociación Venezolana de la Amistad (AVAA) y Latinoaustralia, entre otros.
La entrada es libre pero el cupo es limitado; es necesario confirmar la asistencia a través del teléfono (0241) 8257836 y enviar sus datos al DRIUC7@yahoo.com. También estaremos sorteando 10 entradas VIP para nuestros seguidores en twitter (@DRIUC) y nuestro Facebook:
En estos momentos nos encontramos ante una verdadera explosión de las redes sociales; literalmente cada aspecto de nuestras vidas es susceptible de compartirse y comentarse, pero… ¿Realmente necesitamos ser tan públicos? Deberíamos aprender a discriminar lo que queremos que los demás vean de nosotros en internet, pues esto nos ayudará a refinar nuestra imagen en línea y a hacer de la experiencia de las redes sociales mucho más provechosa para todos.
Aún así, hay quienes se empeñan en hacer de estas herramientas una especie de circo, y en estas líneas expondré las 10 cosas que por sentido común, sería mejor no hacerlas públicas en las redes sociales (y sin embargo, vemos que mucha gente lo hace a cada rato)
Empecemos con la número 10 (quizá la más ligera y menos culposa) hasta la número 1 (de la que te puedes arrepentir por muchos años) .
10 - ¿Esa gallina que estás desplumando en Farmville, y cuántos has “silenciado” en Mafia Wars? a nadie le importa. La mayoría de los juegos en línea pueden ser realmente adictivos, y nuestro afán por avanzar y recolectar más trofeos e ítems puede llevarnos a caer en la trampa de “Di que ´te gusta´ el granero color verde, y desbloquearás este trofeo”, saturando nuestro muro o timeline con estas actualizaciones. Mejor no hablamos de las constantes invitaciones por Twitter a jugar. No discutimos cómo inviertes tu tiempo, ¡Sólo trata de no interrumpir el nuestro!
La peor ofensa: compartir actualizaciones de 5 juegos en línea más de 10 veces al día ¿Cuándo se supone que trabajas o haces algo productivo con tu existencia?
Lo que sí puedes compartir: utilizar las redes sociales para unirte o crear una comunidad de “gamers” o fanáticos de tus videojuegos favoritos.
9 - Fotos de tí haciendo tonterías, de fiesta, o en franco proceso de destrucción alcohólica: Las ventajas de compartir este tipo de contenido son discutibles (aunque más de un@ dirá que no le importa mostrar al mundo su “verdadera forma de ser” pues no tienen nada que ocultar). Resulta que sí tienen de qué preocuparse: diversos estudios demuestran que aquell@s que se dedican a compartir 1000 fotos de sí mism@s en fiestas y reuniones, se sienten más solitarios y depresivos que el promedio; ¡Es una forma de reforzar la negación de ese estado!
La peor ofensa: toda foto (o video) de la cual te avergüences apenas te pase la resaca.
Lo que sí puedes compartir: utilizar los correspondientes filtros de privacidad (por ejemplo, en Facebook) para que sólo vean estas fotos tus amigos más cercanos.
8 - Postear fotos de tus vacaciones en sitios profesionales (como linkedin). Ligeramente peor que el punto (9) es colocar información personal fuera de contexto. A los empleadores potenciales no les interesa ver dónde pasaste la última Semana Santa; ahórrales tiempo, y mantén una imagen acorde con lo que quieres proyectar profesionalmente. Por supuesto, todos en algún momento nos relajamos… pero ¡Cada cosa en su lugar!
La peor ofensa: Colocar fotos de una fiesta o club nocturno… cuando supuestamente estabas enferm@ o “resolviendo un problema familiar”.
Lo que sí puedes compartir: colocar fotos que (por psicología) agreguen valor a tu perfil: En vez de la cara de trasnocho con una piña colada en la mano, sube la foto a la entrada de una universidad, museo o locación similar.
7 - Críticas exageradas y sin fundamentos. Si bien es probable que en algún momento estemos realmente furios@s con alguna persona (o inclusive una organización), es preferible canalizarlo por cualquier otro medio que no tenga la “permanencia” de las redes sociales. En algún momento nos calmaremos… e incluso tendremos que pedir disculpas. ¿Por qué no ahorrarnos el mal momento… y a nuestros seguidores?
La peor ofensa: descargarnos en una persona directamente y groseramente en MAYÚSCULAS.
Lo que sí puedes compartir: realizar denuncias organizadas sobre fallas en servicios públicos y privados, y alentar a otros agraviados a hacerlo e la misma manera, siempre con respeto y responsabilidad.
6 – Tu ubicación geográfica con lujo de detalles: ya los hemos visto: parecen un GPS cuando tuitean “llegando a la universidad” “saliendo de la universidad” , “llegando a mi casa”, “En la autopista regional del centro”, más de cuatro o cinco veces al día. ¿Realmente es necesario? Lo dudo mucho; inclusive es una práctica algo peligrosa.
La peor ofensa: ser perfectamente regular en tus tweets de ubicación a diario (así cualquiera puede determinar tus hábitos, qué sitios visitas y con qué frecuencia, etc)
Lo que sí puedes compartir: ocasionalmente compartir tu ubicación para determinar si algún@ amig@ se encuentra cerca de donde estás.
5 - Tweets o estados con errores ortográficos, imprecisiones de datos o sin la fuente original: No es contenido como tal, pero es muy triste cuando a alguien se le ocurre un pensamiento original, o se desata su vena poética… y el tweet tiene un flamante error ortográfico. Si a eso añadimos datos incorrectos (por ejemplo, decir que Colón llegó a América en 1942) o retuitear una información sin verificar la fuente, entonces nuestra reputación como tuiteros está al borde de la extinción.
La peor ofensa: Afirmar que una celebridad falleció sin corroborar dos veces la información. Pregúntenle a Simón Díaz o Kanye West.
Lo que sí puedes compartir: No creo que quieras incluir errores ortográficos y demás deslices en tu timeline.
4 - Procesos fisiológicos: No puedo imaginar algo más desagradable que tuitear “Tengo ganas de ir al baño”. Unfollow seguro. Igualmente con las combinaciones (hambre + sueño + sed + todas las anteriores); cualquier etiqueta de jarabe para la tos será más edificante para leer que tu timeline.
La peor ofensa: Te lo dejo a tu imaginación. Una pista: las palabras “baño” y “twitpic” no se mezclan.
Lo que sí puedes compartir: Preguntar públicamente acerca de un buen sitio para comer tu gastronomía favorita.
3 - Expresar posturas radicales políticas o religiosas (o inclusive del fútbol). Si quieres evitar larguísimas horas de discusiones sin fin, de trolls amenazándote con buscarte en tu casa, hasta el eventual hackeo de tu cuenta, trata de no ser tan radical a la hora de expresar tu punto de vista en estos temas. Todos somos libres de opinar como, cuando y donde nos dé la gana, pero por ahí dicen que los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro; exprésate sin ser ofensiv@ hacia otros criterios; si quieres que respeten tu punto de vista, empieza por hacer lo propio.
La peor ofensa: la provocación abierta de miembros más bien volátiles de una comunidad. No ganarás nada con ello (aparte de unos cuantos ciberenemigos).
Lo que sí puedes hacer: expresar tu postura sin agredir a nadie le dará autenticidad y personalidad a tu Twitter.
Y ya que hablábamos de ciberenemigos, éstos estarán muy pendientes de…
2 - Información personal (como teléfonos, correo electrónico personal, dirección). El término “stalkers” se asocia a toda persona que se afane en averiguar toda la información de otra; no tienes que ser muy famoso para tener un@ pendiente de cada cosa que haces (Sí, hay algún@s que hasta revisan tu basura), pero sin ir más lejos… para algo está Google. La mayoría de los servicios profesionales de contacto se aseguran que sólo compartas la información que quieres; pero he visto más de una vez directorios públicos con información crítica (nombres, dirección, teléfonos, números de cuenta), a los que podemos tener acceso con un par de clicks. Si no estás segur@, prueba buscándote a ti mism@. Quizá te sorprendas.
La peor ofensa: el Blackberry PIN. Si lo tuiteas públicamente, todos sabrán que eres tú un@ de l@s que inicia esas fastidiosas cadenas desinformativas (y que estás desesperad@ por atención).
Lo que sí puedes compartir: mantener un correo electrónico profesional o corporativo que no tengas reparos en publicar.
1 - Cualquier cosa relacionada con tu trabajo: Fíjense que la palabra clave es “Cualquier cosa”. Proyectos en los que estás trabajando, la atmósfera de la compañía, qué clientes estás viendo… ya tienes la idea. Lamentablemente las organizaciones no se percatan de que necesitan un estricto reglamento de confidencialidad para sus empleados en las redes sociales hasta que ya es demasiado tarde. Puedes pensar que luego de renunciar eres libre de decir y lo que te plazca… pero entonces llamarás la atención (negativamente) de más de un director de recursos humanos en 1000 kilómetros a la redonda.
Aprende de la experiencia de una chica (@theconnor) a la que Cisco Systems le ofreció trabajar para ellos. ¿Qué fue lo primero que se le ocurrió tuitear cuando recibió el email con la oferta de trabajo? Esta perla: “Cisco me acaba de ofrecer un puesto. Ahora tengo que decidir entre un cheque gordo… y viajar a San Diego todos los días para odiar mi trabajo” ¿En qué estaría pensando…? La cosa no hubiese pasado a mayores (pues un solo tweet puede fácilmente perderse en el océano de actualizaciones diarias) si es que Tim Levad (@timmylevad, un empleado de Cisco) no le respondiese “Me gustaría saber quién está a cargo de contratarte, estoy seguro que le encantará leer que odiarás el trabajo”. Dándose cuenta de su terrible error, @theconnor inmediatamente le colocó el candado a su cuenta de twitter.., pero ya la actualización estaba indexada en un montón de sitios más. Se imaginan lo que pasó con el ofrecimiento.
La peor ofensa: quejarte de tu jefe (aún cuando sea totalmente justificado). Prepárate para entrar en una lista negra laboral de la que es casi imposible escapar.
Lo que sí puedes compartir: ¿sobre el trabajo?… NADA. ¡Mejor cierra el Facebook y sigue trabajando!
Desde hace una semana he sometido mis redes sociales a un experimento muy sencillo: dejar de compartir información, o hacerlo con muy poca frecuencia, para determinar la fluctuación relativa en los tres principales servicios que miden la influencia online: Klout, Peerindex y Empire Avenue. Ya he dicho en otras ocasiones que Klout no mide realmente la influencia, sino la difusión y la penetración de tus mensajes en la nube. Luego de permanecer en un relativo silencio durante una semana, mi Klout ha bajado casi en dos puntos, diciéndome –literalmente-: “Oh no! Tu klout ha bajado! Comparte más información e interactúa más!” ¿En qué estarán pensando quienes diseñaron este algoritmo? No puedo menos que pensar, por ejemplo, en Gabriel García Márquez. ¿Su talento como escritor mermará en función de dejar de escribir durante dos años? No lo creo. Aparentemente Klout no entiende esto, y francamente me parece incorrecto que por simples siete días que dejes de tuitear te penalice de esta manera en tu “influencia”. ¿Acaso Justin Bieber será menos “influyente” si deja de tuitear un mes? No lo creo. Obviaremos las teorías psicológicas y sociológicas que demuestran que el mensaje pierde influencia en la medida que es más común y frecuente. En otras palabras, mientras más hablas, la gente te hace menos caso. Añadan el hecho de que Klout no mide en absoluto el sentimiento (si quieres Klout rápido, simplemente métete con un país o su cultura, y verás que entre los insultos que recibes, tu Klout se disparará. ¿Es esto realmente ser influyente?) Punto menos para este servicio, que ha incluido recientemente a Foursquare en su ecuación (Y que dudo que un sistema tan fácilmente engañable sea un aporte adecuadeo para tu “influencia”) Peerindex fluctuó exactamente un punto, y en Empire Avenue mis acciones descendieron un poco más de 4 puntos. Al menos son más discretos en su proceder (no están diciéndote a gritos que compartas información para subir tu puntaje), pero pecan en el mismo sentido que Klout: No compartir nada es peor que cualquier cosa, premisa muy peligrosa y que terminaría haciendo de las redes sociales un concurso de frivolidad para ver quién comparte cada vez más información inútil.
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“Lla-mamé” (Taken with instagram)
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